Durante los fuertes temporales de noviembre del año pasado, la cruz que se ubicaba en el cerro que está en medio del monasterio se cayó y rompió en pedazos. Este lugar, el ‘Cerro de la Cruz’, es un lugar de oración y de peregrinación. El viernes 20 de marzo se volvió a instalar la cruz.
Alejandra Valle, oblata, nos comparte: “Partimos el viernes 20. Nos juntamos a las 11 de la mañana en la subida del cerro, todas las casas, incluyendo a los Grohnert Searle y al maestro Alfredo Cerón. La idea había sido subirla el jueves 19, fiesta de san José, pero llovía a cántaros. Ahí estaban las partes de la cruz que se habían hecho en el verano. Antes de partir, Manuel José nos motivó a que lo que íbamos a hacer no fuera un simple trabajo, sino tomar conciencia de que, en el contexto de la Semana Santa, fuera una oportunidad para poder tomar conciencia de nuestra propia cruz y poder cargarla en el camino. Nos animó a subir en oración y a tratar de cargar, durante un tramo, la cruz de madera.
Nos organizamos en grupos para subirla. Llegamos arriba y el maestro, junto con algunos, empezaron a armarla e instalarla, mientras otros conversaban y admiraban el paisaje. De repente alguien avistó una familia de huemules un poco más abajo. Tomamos conciencia que era un día especial, histórico. Cuando estuvo lista para subirla, varios ayudaron tirando cuerdas y sosteniéndola. Fue emocionante verla de nuevo reinando en el cerro.
Rezamos Intermedia, del Oficio de la fiesta de la Exaltación de la Cruz. En vez de la lectura breve leímos la lectura larga, que nos anunciaba: “Por la cruz, cuya fiesta celebramos, fueron expulsadas las tinieblas y devuelta la luz. Celebremos hoy la fiesta de la cruz, y juntos con el crucificado nos elevamos hacia lo alto, para ir dejando abajo la tierra y el pecado, gozar de los bienes celestiales. Y tan grande es la posesión de la cruz, que quien posee la cruz, posee un tesoro”. Nos ayudó a ponernos a tono, a tomar conciencia de lo que significa la cruz para nuestra vida en el seguimiento de Cristo.
Después seguimos con los salmos y mientras cantábamos “hemos salvado la vida como un pájaro” (Sal 123) y “Jerusalén está rodeada de montañas y el Señor rodea a su pueblo ahora y siempre” (Sal 124), rodeados por las montañas, aparecieron cuatro cóndores y dos águilas, como si toda la creación se adhiriera a este gesto y estuviésemos alabando juntos al Creador. Hoy la cruz nuevamente vigila, protege y reina sobre San José”.