Le dijo: «Sal y ponte en el monte ante el Señor.» Y he aquí que el Señor pasaba. Hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebrantaba las rocas ante el Señor; pero no estaba el Señor en el huracán. Después del huracán, un temblor de tierra; pero no estaba el Señor en el temblor. Después del temblor, fuego, pero no estaba el Señor en el fuego. Después del fuego, el susurro de una brisa suave. Al oírlo Elías, cubrió su rostro con el manto, salió y se puso a la entrada de la cueva (1R 19,11-13a).
A lo largo de estas dos décadas y media, en San José se ha mantenido una constante: y es que hay un momento, al llegar, en que uno se da cuenta de que falta algo. No se escucha el ruido de los autos. No hay bocinas, pantallas encendidas a cada rato ni ese murmullo permanente que acompaña la vida en la ciudad. Dependiendo del día, se siente algún sonido de la naturaleza. Y después, silencio. Al principio puede resultar extraño. Más de alguno imagina que suena su celular y busca en sus bolsillos vacíos sin encontrar nada.
Es que estamos tan acostumbrados al ruido que, cuando desaparece, casi inmediatamente buscamos cómo llenarlo. Una conversación, música, el teléfono, cualquier cosa. El silencio puede incomodar porque nos deja frente a algo que muchas veces preferimos evitar: nosotros mismos. Pero en San José el silencio tiene tiempo. Está en la mañana, cuando todavía no amanece y la comunidad se reúne para rezar. Está durante la lectio. Está en las horas de trabajo, cuando cada uno se concentra en lo que tiene entre las manos. Está en una caminata por los senderos, junto a la Laguna de la Guitarra o en una tarde en que las cordilleras nevadas parecen ocuparlo todo.
Quizás por eso tantos testimonios de quienes han pasado por San José hablan del silencio y la paz. No como una ausencia, sino como un espacio donde pudieron encontrarse nuevamente con Dios. En cada boletín de San José de estos últimos años, se ha repetido la misma experiencia: jóvenes y adultos que llegan desde vidas intensas y descubren que, al bajar el ritmo, la Palabra comienza a resonar de otra manera. El silencio de San José, entonces, no es vacío. Está lleno de Su Presencia. Porque el silencio nos hiere, abre en nosotros un espacio por donde puede colarse la Palabra de Dios y llegar a donde debe: a nuestro corazón, para despertarlo y para que tomemos conciencia de Quién es el que habita en él. La espiritualidad benedictina lo sabe desde hace siglos. Para escuchar hay que hacer espacio. La lectio divina necesita tiempo, paciencia y silencio. No porque Dios no pueda hablar en medio del ruido, sino porque muchas veces somos nosotros quienes hemos perdido la capacidad de escucharlo, y San José ayuda a recuperar esa capacidad, y a darnos cuenta de cómo la oración personal y silenciosa fluye de forma natural a partir de la lectio divina y de la vida litúrgica (cf MRO 23, 1-3).
Tal vez por eso un versículo de la Biblia nos puede quedar resonando durante varios días. Una frase escuchada en el Oficio acompaña después mientras se pica leña, se arregla un cerco o se camina de una casa a otra. La Palabra de Dios en las Escrituras comienza a mezclarse con la vida hasta que uno descubre que aquello que leyó por la mañana está hablando precisamente de lo que se está viviendo. Pero el silencio también permite escuchar a los demás. Pareciera una contradicción, pero cuando dejamos de llenar todos los espacios con nuestras propias palabras empezamos a prestar atención. Una conversación junto a la cocina a leña puede adquirir otra profundidad. El testimonio de un compañero puede tocar algo que estaba dormido. Una corrección, un consejo o una sencilla pregunta pueden quedarse acompañándonos mucho tiempo.
Al hacer silencio, emergen los sonidos más puros de cada día: el cantar de los pajaritos, el susurro de una caída de agua, el viento entre las ramas de los árboles o la lluvia sobre el techo. Estos ruidos constantes podrían simbolizar cómo, al cultivar el silencio interior, logramos percibir la voz de Jesucristo, que siempre nos está hablando. Miles de palabras han sido pronunciadas en San José. Oraciones, conversaciones, risas, discusiones, ecos, consejos, despedidas. Y, sin embargo, quizás una de las palabras más poderosas que este lugar ha regalado sea precisamente, silencio.
Cuando llega el momento de volver a Santiago, al trabajo, a los estudios o a la familia, regresan también los teléfonos, las reuniones, las noticias, las “notificaciones” y las preocupaciones. Pero algo puede haber cambiado. Porque quien alguna vez escuchó de verdad el silencio, sabe que existe un lugar interior al que siempre puede regresar. Un lugar donde el ruido se apaga. Donde la Palabra vuelve a escucharse. Donde Dios espera. Y entonces se comprende que el silencio de San José nunca estuvo callado. Estaba gritando. Solo necesitábamos aprender a escucharlo.