Un grupo de apoderadas del Colegio San Anselmo, acompañadas por Catalina Davanzo, Francisca Donoso (B98), Gigi Blumer y Paulina Urritia, estuvieron entre el 14 y el 20 de octubre en el Puesto San Agustín. La experiencia buscó tener un espacio de profundo encuentro con Cristo a través de su Palabra, la Liturgia, la naturaleza, el trabajo y la vida comunitaria según la Regla de San Benito.
Gigi Blumer comparte: “¿Quién soy a los ojos de Dios? Soy su hija amada, su preferida, su predilecta. ¡Soy preciosa a sus ojos! Qué regalo y qué privilegio haber podido compartir con las apoderadas de San Anselmo estos días de retiro, acompañándolas en el camino de abrir el corazón y despertar a la presencia y al amor de Dios en sus vidas.
El lema que nos acompañó fue: “No temas, yo te he rescatado, te he llamado por tu nombre. Tú eres mía” (Is 43,1). Desde esta Palabra invitamos a cada una a renovar su encuentro personal con el Señor y a dejarse mirar, llamar y amar por Él, viviendo estos días desde la confianza en su amor infinito.
El Oficio Divino fue la columna vertebral de nuestra experiencia. La oración de la Iglesia, la lectio divina diaria, las espiritualidades, la vida comunitaria y el trabajo en el campo fueron dando forma a una verdadera vida manquehuina. Poco a poco fuimos descubriendo cómo, al compartir la oración, la Palabra y la vida cotidiana, nacía entre nosotras una profunda amistad espiritual.
En medio de una naturaleza asombrosa, el Señor salió al encuentro de cada una y quiso revelar su rostro con una delicadeza única. En el silencio, la oración, el trabajo y la convivencia, pudimos reconocer cómo Dios nos busca, nos llama por nuestro nombre y nos invita a vivir como hijas amadas suyas.
La acogida y la presencia de la comunidad estable de San José fueron un regalo fundamental durante nuestra estadía. Su acogida nos permitió compartir la Palabra y la vida, haciendo de este retiro una experiencia aún más profunda de comunión y fraternidad.
Volvemos agradecidas por lo vivido, por la Palabra compartida y por los lazos de amistad espiritual que el Señor fue tejiendo entre nosotras. Nos queda la certeza de que somos hijas amadas, llamadas por nuestro nombre, y la invitación a seguir escuchando su Palabra y descubriendo su presencia en medio de nuestra vida cotidiana”.