Octubre 19, 2026 Noticias

BENET 2026, Encuentro de Educadores Benedictinos

“¡APRENDIENDO A VIVIR! ESTABILIDAD Y HOSPITALIDAD, UNA INVITACIÓN”

Bajo este lema, entre el 7 y el 11 de octubre en Melk, Austria, se realizó la décima Conferencia Mundial de Educadores Benedictinos (BENET 2026), que reunió a 170 educadores de veinte países, desde cercanos como Argentina o Colombia, otros más conocidos como Estados Unidos, Reino Unido o Australia, y otros muy lejanos, como Filipinas, India, Corea del Sur o Tanzania. Cada uno con su propia historia, su idioma y su cultura.

En representación de la Red Educacional Manquehue participaron los rectores de sus tres colegios: Ignacio Tupper (B93), Patricia Jara, y Alejandro Greene (B00), junto a Ana María Cordero del CEM, fortaleciendo así los vínculos con la comunidad benedictina internacional.

Alejandro comparte:

¿Cómo se logra que un grupo tan diverso tenga un verdadero encuentro?

A la manera benedictina. La base del día era la oración: la Liturgia de las Horas y la misa. Sobre esa base hubo tres charlas principales, talleres donde los colegios compartían sus experiencias y, quizás lo más importante, una reunión diaria en grupos pequeños de diez personas de distintos países, a los que llamaban ‘decanías’, para reflexionar y hacer lectio divina juntos. Y todo esto acompañado de una acogida muy cálida, comidas compartidas, paseos y convivencias.

¿Cuáles fueron los frutos de este encuentro?

No es fácil decirlo, pero veo tres elementos distintivos que estuvieron presentes.

El primero: un mismo espíritu. A pesar de tanta diversidad, todos compartimos una misma forma de ser, un ethos benedictino: la acogida, la sonrisa, la escucha, la alegría y el sentido de comunidad. Todo esto nace de lo que pide san Benito: recibir a cada persona como si fuera Cristo. Con los días, ese ambiente fue creciendo y dio paso a conversaciones más profundas, en las que compartimos con apertura nuestros desafíos: cómo acompañar a los estudiantes en un mundo con tantas dificultades, cómo integrar a los educadores al proyecto educativo o cómo sumar a las familias. Fue muy enriquecedor descubrir que, en contextos tan distintos, vivimos realidades parecidas y tenemos mucho que aprender unos de otros. Por ejemplo, conversé largo con el rector de un colegio alemán. Me contó de la dificultad que tienen con el celular en la sala de clases y de lo difícil que es lograr que los apoderados se comprometan con el proyecto. Pero también hablamos de la vocación que compartimos: de lo exigente que es ser rector y, al mismo tiempo, de la vocación que significa.

El segundo: la oración como centro. Gracias al recogimiento, nadie fue protagonista ni nadie vino a imponer sus ideas. Todos estábamos abiertos a lo que Dios quisiera decirnos. Fue conmovedor escuchar, en las oraciones, música de distintas partes del mundo y también los ecos de la lectio divina y los testimonios del final.

El tercero: apertura a preguntas más que a respuestas. A veces sorprende que en estos encuentros no se llegue a conclusiones concretas, como ‘la educación benedictina es así’. Creo que eso también es benedictino: pareciera ser más importante el proceso que el resultado, porque en el centro de todo hay un misterio, el de Jesús, que vivió, murió y resucitó por cada uno de nosotros, mostrándonos el amor de Dios. Un abad muy reconocido, por ejemplo, planteó su taller sobre educación benedictina como una conversación: no buscaba cerrar los temas, sino abrirlos.

Todo esto me hace pensar en nosotros. Somos herederos de una tradición educativa de 1.500 años, y esa forma de ser ya está en nuestro ADN. Me impactó escuchar a los educadores de India: allá pueden hablar de Dios de forma general, pero no de Jesús. No pueden leer la Biblia con sus alumnos ni invitarlos a misa, porque el gobierno no se los permite. Y, aun así, siguen adelante con fidelidad. Nosotros, en cambio, podemos hacer lectio divina con nuestros estudiantes, rezar juntos y celebrar la misa. Es un regalo que no siempre valoramos.

Por eso los invito a agradecer lo que somos y a renovarnos en ello, en lo cotidiano: en la sala de clases, en los pasillos, en la sala de profesores y en nuestras áreas. Recibir a cada alumno y a cada colega como si fuera Cristo, escuchar de verdad, darnos espacios de silencio, lectio divina y oración, y confiar en que el fruto de nuestro trabajo no depende sólo de nosotros, sino que estamos al servicio de alguien más grande.