Editorial El Boletín 1307
IN ILLO UNO UNUM
“En el único Cristo, todos somos uno”Con gran alegría presenciamos el pasado jueves la elección del cardenal Robert Francis Prevost Martínez OSA como sucesor de san Pedro, quien ha escogido como nombre para su pontificado, León XIV. En esta editorial quisiéramos reflexionar sobre algunos de sus primeros gestos y palabras y, junto a algunas referencias de su vida.
El mundo entero, los medios de comunicación, autoridades y diferentes comunidades eclesiales están intentando interpretar los gestos del nuevo Santo Padre. Como primera reflexión, quizás lo más sensato y razonable es dejar que sea el propio León XIV quien, con su enseñanza y experiencia, vaya desplegando y expresando sus anhelos para el mundo y para la Iglesia en el tiempo en que vivimos. Para esto necesitará de tiempo, espacio y de la oración de toda la Iglesia por su nueva misión.
Mientras tanto, quizás, uno de los gestos que podemos considerar son sus primeras palabras: “La paz sea con todos vosotros, hermanos y hermanas carísimos. Este es el primer saludo del Cristo Resucitado, el Buen Pastor, que ha dado la vida por el rebaño de Dios”. Es significativo que las primeras palabras del Resucitado a sus amigos reunidos, “La paz esté con ustedes” (Jn 20, 19b), hayan sido las escogidas para su primer saludo al mundo. Nos recuerda que como Iglesia estamos llamados, sobre todo, a vivir de esa alegría, gozo y paz que trae la Resurrección, que provienen de Dios. Si hay algo importante que podemos ofrecer al mundo es esa experiencia de haber sido salvados por Cristo; compartir, por desborde de gratitud y alegría, que el Señor ha destruido la muerte y que “el mal no prevalecerá”, como el propio papa León señaló en sus primeras palabras.
También podemos compartir algunos elementos del llamado de Dios que recibió de joven a formar parte de la Orden de San Agustín. Nosotros debiéramos considerar esto de manera especial, ya que también hemos recibido como don de Dios servir como laicos bajo una regla de vida, tener vida comunitaria, compartir la Palabra en la lectio, contar con espacios establecidos para la oración en común, la vida fraterna, la oración personal y el silencio interior. De hecho, el que cada uno cultive su propia relación con Cristo en la oración es algo que ya nos ha recomendado el propio papa León en su primera Homilía, pronunciada el viernes recién pasado, cuando dijo: “Por esto, también para nosotros, es esencial repetir: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16, 16). Es fundamental hacerlo antes de nada en nuestra relación personal con Él, en el compromiso con un camino de conversión cotidiano”.
Otro de los gestos que podemos compartir es su lema episcopal, que confirmó será su lema como Pontífice, y que tomó de san Agustín “In Illo uno unum”, que significa “en el único Cristo, todos somos uno”. El mismo lo explicó en una entrevista cuando era Administrador Apostólico de El Callao, Perú: “Escogí este lema porque encuentro gran importancia en la misión del obispo de promover auténtica unidad entre todos los fieles, todos los grupos, y que esta unidad puede lograrse solo cuando vivimos la verdadera comunión en Cristo. Es importante comprender esto. Unidad no es uniformidad. El cuerpo tiene muchos miembros. Hay muchos carismas en la Iglesia. Pero uno solo es Cristo, y todos estamos llamados a vivir en la comunión del Cuerpo de Cristo”.
Para concluir esta reflexión, compartimos una de sus últimas frases en la homilía del pasado viernes en la que el nuevo papa León citó a san Ignacio de Antioquía, uno de los patronos del Movimiento: “mientras inicio mi misión de Obispo de la Iglesia que está en Roma, llamada a presidir en la caridad la Iglesia universal, según la célebre expresión de san Ignacio de Antioquía. Él, conducido en cadenas a esta ciudad, lugar de su inminente sacrificio, escribía a los cristianos que allí se encontraban: «en ese momento seré verdaderamente discípulo de Cristo, cuando el mundo ya no verá más mi cuerpo» (Carta a los Romanos, IV, 1). Hacía referencia a ser devorado por las fieras del circo, y así ocurrió, pero sus palabras evocan en un sentido más general un compromiso irrenunciable para cualquiera que en la Iglesia ejercite un ministerio de autoridad, desaparecer para que permanezca Cristo, hacerse pequeño para que Él sea conocido y glorificado (cf Jn 3, 30), gastándose hasta el final para que a nadie falte la oportunidad de conocerlo y amarlo”.