Las Vísperas Generales del 3 de agosto en las comunidades manquehuinas estuvieron centradas en el Mes del Servicio, y en San Lorenzo, en su aniversario de cuarenta años.
Alberto Cox (A07), oblato, compartió algunas ideas sobre el servicio desde el amor, desde la libertad y desde la donación completa que Jesús, el Señor, hizo por cada uno de nosotros. Comenzó “por esa experiencia concreta de amor que todos los que estamos acá ya hemos vivido. En lo personal, mi vida scout, con los jóvenes en mis grupos de lectio o comunidades, cuando he ido a trabajos o hacer o recibir tutoría en el colegio, con los jóvenes en confirmación, en los patios, donde sea, es siempre una experiencia de amor: amor que me hace salir de mí mismo, pero también que me llena, alegra y da sentido a mi vida y a mi vocación”. El servicio “si no es motivado por el amor, por Cristo mismo, no puede existir… San Benito llama a la comunidad una Escuela del Servicio Divino, Basil Hume, una Escuela de Amor, porque tu grupo de lectio, tu comunidad de Jefes, tu Ruta, tu grupo de confirmación, tu curso, tu familia son una escuela del Servicio Divino, una escuela de amor para aprender a amar a Dios y tus hermanos. El servicio desde la libertad. “El servicio que nos enseñó Cristo nace de la gracia y el amor incondicional ya entregados por Él, transformándose en una respuesta de entrega gratuita”… “La libertad es un regalo de la gracia de Dios que nos permite decidir libremente amar, sin estar obligado por la ley, voluntariamente amar sin estar movidos por el miedo… El poder para servir no viene de las fuerzas propias, sino de la renovación interior que trajo la cruz y la resurrección de Jesucristo, se trata de una obra que Dios realiza en nosotros, de Su acción en nosotros guiada por el Espíritu”. Finalmente, invitó: “Si quieres servir, ser pleno, ser feliz, empieza por lo más simple, lo más sencillo, por olvidarte de ti, por salir de ti mismo. Quizás empieza por esa primera palabra de la Regla: ‘Escucha’ y todo lo demás, “se dará por añadidura”.
Las Vísperas fueron dentro del contexto de las celebraciones de 40 años del Colegio San Lorenzo. Bajo el lema “Servir como nos enseñó san Lorenzo”, entregando nuestra vida por nuestros amigos (cf Juan 15, 13).
Alicia Muñoz, quien trabaja en el Equipo de Gestión Pedagógica, compartió un emotivo testimonio. Algunos párrafos: “Estudié en el colegio desde segundo hasta sexto básico. Cuando crucé esa puerta por primera vez, jamás imaginé que allí se sembraría en mi corazón una semilla para toda la vida: sin darme cuenta, aquel primer día había nacido en mí una esperanza”. Agradeció “a los tutores de ese tiempo y a José Miguel Navarro, ‘Monato’, quien nos desafiaba encomendándonos tareas que parecían imposibles, impulsándonos a crecer y a servir”. “Años después, tras cursar cuarto medio en otro lugar, sentí el deseo de volver… Así, cada miércoles volvía al colegio para acompañar a otros. Y al igual que el joven del Evangelio que entregó sus cinco panes y dos peces preguntándose si alcanzarían para una multitud (cf Jn 6, 5-13), descubrí que, al poner lo poco que tenía al servicio del resto, Dios lo multiplicaba”… “Por eso, el Colegio San Lorenzo es parte fundamental de mi vida, de mi vocación y mi corazón: lo veo como una verdadera familia. Aunque ser profesora no estaba en mis planes, la experiencia de la tutoría fue redireccionando mi vocación. Descubrí que acompañar a otros, caminar con ellos y ser parte de su crecimiento era también mi propio camino. Fue esa experiencia la que finalmente me impulsó a estudiar Pedagogía”. “Y es que el verdadero San Lorenzo no es esta infraestructura: son las miles de personas que descubrimos aquí que la fe se vive en el servicio cotidiano al de al lado”.
Se compartieron algunas experiencias de servicio, luego de una introducción de Andres Cabello, oblato, recordando que “san Benito dice que el monasterio es una ‘escuela del servicio divino’. Es un lugar de aprendizaje, ¿y qué se aprende allí? Se aprende a amar. A amar a Dios y a los hermanos”. Así cada una de nuestras comunidades “están llamada a ser una escuela del servicio: nuestra familia, nuestro grupo de lectio divina, nuestro apostolado, nuestro colegio, nuestro trabajo, nuestro equipo deportivo, está llamado a ser esa escuela. Allí aprendemos, poco a poco, a dejar de vivir para nosotros mismos y a descubrir la alegría de vivir para los demás”. “Servir significa aprender a darse a los demás, ¿qué significa eso? Escuchar, estar disponible, compartir el tiempo, abrir espacio para el otro, dejar que su historia entre en la nuestra”. Invitó a que agosto no sea solamente un mes de hacer cosas, sino que “una oportunidad para revisar nuestro estilo de vida, porque el servicio no puede durar solamente un mes. Debe convertirse en una cultura; debe transformarse en una manera permanente de vivir”.
Luego algunos miembros de la comunidad compartieron su experiencia de servicio.
Ema Palacios (A25), jefa de Pioneras, compartió: “Creo que todo servicio nace de querer imitar a Jesús, que es el primero en entregarse, y eso es justo lo que buscamos en el grupo Scout: que cada una salga de sí misma para mirar a la de al lado”… “Como jefas también vivimos un servicio diario: en planificar, escuchar y dar tiempo para educar evangelizando”. Invitó “a que piensen en las personas que forman parte de sus distintas comunidades, y que durante este mes puedan servirlos con especial dedicación”.
José Pedro Zalaquet, alumno de IV° medio, compartió su experiencia en Trabajos y Misiones: “El Señor, a través de la comunidad, me enseñó a servir en ella”.
Isabel Merino, voluntaria de la Hospedería Santa Francisca Romana, compartió: “Ahí también se ve la experiencia de Dios. Lo veo principalmente en que somos tan afortunados, tenemos una familia, amigos, muchas posibilidades, una casa calentita… y ser agradecida cada día de que Dios nos da. Esas mujeres, con su soledad y dignidad, me ensenan cada día a ser más agradecida”.
Carolina Palacios, promesada, compartió su experiencia en una comunidad en la cárcel de Colina 1: “Esa necesidad de Dios que veo en esta comunidad, no la encuentro en ninguna otra parte. Es una necesidad vital de misericordia, de esperanza y de ‘palabras de vida eterna’, que hace que Dios se manifieste de manera muy concreta. Nuestra comunidad se llama Anawin, un término hebreo que significa los pobres de Yahve”… ”Me hacen pensar en ese publicano del Evangelio que, arrodillado al fondo del templo, se reconocía indigno y pedía perdón a Dios, mientras el fariseo, de pie, se sentía orgulloso de sus buenas acciones”. “Me interpela, me hace darme cuenta de muchas cosas de mi vida, que sin el contraste que significan mis visitas a la cárcel, probablemente no vería, como, por ejemplo, en esta lectura del fariseo y el publicano, muchas veces tengo que reconocerme en ese fariseo que cree estar haciendo todo bien. También me interpela contrastar mi historia con la de muchos de los privados de libertad. No sólo su realidad de hoy, sino todo lo que han vivido desde niños”. “Cada visita a Colina 1 es, de alguna manera, sumergirse en el misterio de la Misericordia de Dios: ir semana a semana durante tres años me ha permitido conocer a estos hombres: sus historias, sus penas y sus alegrías, sus luchas contra la adicción, sus sueños… descubrí que cada hombre privado de libertad es, antes que nada, un hijo amado de Dios”.