“Así pues, si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos con él”. (Col 3,-4).
Aunque amanece temprano en San José de Mallín Grande, aún está oscuro, y antes de que el sol asome por encima de los cerros, haciendo resplandecer el Monte San Valentín -el más alto de la Patagonia- y pinte de naranja los coigües, lengas y ñires, húmedos por el rocío, ya se puede ver una luz de vela encendida en alguna ventana de las casas San Beda y Santa Hilda. Afuera todavía hace frío. El pasto congelado por la escarcha cruje bajo los zapatos y el Lago General Carrera permanece quieto, como si también estuviera rezando.
La campana rompe el silencio con suavidad. No apura. No exige. Simplemente llama. Y la vida comienza.
Algunos salen en silencio hacia la capilla dejando el mate que tenían entre las manos, mientras la cocina a leña se termina de prender.
El Oficio de Lecturas y Laudes -la oración de la mañana- reúne a la comunidad mientras afuera el viento empieza a bajar desde los cerros. Las palabras de los salmos, repetidas día tras día, parecen mezclarse con el sonido de la leña y el murmullo del lago. Hay algo profundamente sencillo en la rutina que va a comenzar: rezar, trabajar, comer juntos, caminar, volver a rezar. Y, sin embargo, quienes han pasado por aquí saben que en esa sencillez ocurre algo difícil de explicar.
Tal vez porque San José nunca ha intentado impresionar a nadie. La mayor parte del tiempo no pasa “nada extraordinario”. Y justamente ahí aparece el misterio.
Después viene el desayuno, con lectura. En la mesa aparecen el pan amasado, la mermelada casera y el porridge, herencia de nuestros hermanos ingleses.
Nadie habla demasiado. No hace falta. Sigue la lectio. Escrutar y el regalo de escuchar al Señor en su Palabra que nos habla diariamente y con fuerza desde temprano.
Es tiempo del aseo y hay alguien que alimenta a las gallinas mientras un perro lo sigue moviendo la cola, todavía somnoliento.
Mientras tanto, algún joven -recién llegado a sus cuatro meses- intenta acostumbrarse al silencio. Los primeros días suelen ser incómodos. La falta de señal, el ritmo lento, las noches oscuras, el cansancio físico. Pero algo empieza a cambiar poco a poco. El corazón baja las revoluciones. La mirada se limpia. Y entonces aparecen cosas pequeñas que antes pasaban desapercibidas. Las espiritualidades ayudan a iluminar la misma vida que se va llevando en la casa, al ritmo de un mate que empieza a circular lentamente.
Hay un rato breve de trabajo en la casa y la hora de lectura personal. En San José, muchas veces lo importante ocurre en voz baja.
Terminada Intermedia y el almuerzo, en comunidad llegamos al trabajo. Algunos parten al invernadero a revisar las siembras; otros arreglan cercos, cortan leña o limpian senderos. Siempre hay algo que reparar. El clima patagón enseña rápido que las cosas se desgastan, que el viento mueve lo que parecía firme y que la naturaleza nunca se termina de dominar. La vida acá requiere paciencia. Y también humildad.
En San José se aprende nuevamente a mirar.
Luego de las duchas, vienen las Vísperas. El sol comienza a esconderse detrás de los cerros y el cielo lentamente cambia de color. Todo parece detenerse unos minutos.
Hay sopa caliente, pan recién hecho y una conversación sencilla. Se habla del trabajo del día, de algún vecino, de un versículo de la Escritura que quedó resonando en la oración. A veces también hay risas fuertes y tallas interminables.
Quizás eso es lo que más sorprende de San José: que en un mundo lleno de ruido, productividad y apuro, exista un lugar donde todavía se puede simplemente gozar de un día sencillo, en apariencia, como todos los demás. Sin espectáculo. Sin protagonismos. Siempre ante la mirada del Celestial Espectador.
Con esta vida escondida y cotidiana que tantas veces pasa desapercibida, pero en donde Dios parece manifestarse con especial claridad. Como escribió el papa Francisco en su Carta Apostólica “Patris Corde” sobre nuestro patrono san José: “el hombre de la presencia diaria, discreta y oculta”.
Y con la oración de Completas termina un día cualquiera en San José. Un día aparentemente simple. Un día que, aunque igual a los demás, muchos hemos sentido esa explosión del Señor en el interior de nuestra alma.
Y, sin embargo, para quienes lo han vivido, un día que permanece para siempre en la memoria y en el corazón.