“La cuerda de tres hilos no es fácil de romper” (Qo 4, 12b)
La experiencia en San José -cualquiera que esta sea- comienza 270 km antes de llegar a las casas. Y es que el viaje mismo es parte del ir desconectándose, alejándose de todo lo cotidiano para comenzar una experiencia de encuentro con Dios, con la comunidad y con uno mismo.
Recorriendo la carretera, es imposible no maravillarse; el entorno atrapa nuestra atención, majestuoso y sobrecogedor, lleno de manifestaciones por lo grandioso y a la vez íntimo. No es raro que muchos se hayan preguntado cómo era este lugar cuando se comenzó a habitar, o quiénes fueron los primeros que se encontraron con estas nieves eternas y con estos bosques de colores, con lagos turquesas y ríos caudalosos, con estos altos montes y cascadas, y de cómo fue su travesía para poder llegar…. y así, con esas inquietudes, nuestro viaje adquiere un sentido distinto, se llena de empatía y curiosidad por conocer más acerca de estas tierras lejanas.
Y gracias a la cultura patagona, donde la acogida y las largas conversaciones son protagonistas, es que podemos saciar esa curiosidad, y conocer la historia de una manera diferente, contada por quienes la vivieron o por sus hijos o nietos, con un mate al costado del fogón que alumbra y calienta el hogar. Con historias que acortan la noche y agrandan la percepción, vemos luces de cómo se fue moldeando esta cultura, de dónde provenían sus pioneros, cuáles fueron sus motivaciones, qué fue lo que los trajo y cómo han ido haciendo patria en un terreno que durante mucho tiempo estuvo separado y aislado del resto del país.
Fueron capaces de superar las adversidades y de quedarse aquí. De adquirir experiencia y habilidades que han ido transmitiendo a las nuevas generaciones y a los que hemos llegado más tarde. Ellos son nuestros vecinos, que nos han enseñado a habitar este lugar, a relacionarnos con nuestro entorno y entre nosotros, a cocinar, a ser Iglesia, a trabajar y cultivar la tierra, a recibir en nuestras casas, a mirar con ojos llenos de contemplación al Creador, que nos provee de todo lo que necesitamos para vivir. Por eso, a través de este artículo queremos agradecer a todos nuestros vecinos y amigos que han hecho posible que hoy podamos estar aquí, por su testimonio, por su acogida y por sobretodo su amistad.
Pero ¿quiénes son nuestros vecinos? Una definición sencilla nos diría que son los que viven cerca o próximos a nosotros, que serían las personas que habitan en la cuenca del Lago General Carrera, en especial cerca de las localidades de Mallín Grande y Puerto Guadal. Pero si nos adentramos en lo profundo del Evangelio, podríamos encontrar en la parábola del Buen Samaritano (cf. Lc 10,29-37) la respuesta que buscamos. En ella un legista le pregunta a Jesús “¿Quién es mi prójimo?” y tras escuchar la enseñanza del Maestro, saca como conclusión que es “el que practicó la misericordia”. Por eso es, que reconocemos como nuestros vecinos a aquellos que han practicado la misericordia con nosotros, abriéndonos -desde un comienzo- las puertas de sus casas sin siquiera conocernos y nos han dado el regalo más grande que hemos recibido en esta tierra, que es la amistad.
Hoy en día, esta misma amistad -que enriquece y entrelaza el tejido de nuestras relaciones- sigue más viva que nunca. Se alimenta a través de gestos cotidianos de cariño: en la mano que nos tienden los vecinos durante los trabajos del campo, en las puertas que se abren para compartir la Palabra de Dios y en la confianza de quienes se acercan a pedirnos oración por sus enfermos. Mantenemos vivo este lazo reuniéndonos cada semana en la liturgia dominical y compartiendo la alegría de sus celebraciones importantes. Todo esto es como una llama encendida que se aviva día a día, moviéndonos a querernos con un amor genuino y ardiente.
Por todos los amigos que hemos ido haciendo durante este tiempo, en este año de gracia, hemos querido renovarnos en nuestra vocación y misión como comunidad manquehuina en San José, especialmente en nuestra escucha a la Palabra de Dios y en el celo por continuar acogiendo y compartiendo el gozo del Evangelio en el espíritu de la tutoría con todas las personas que se acercan a nosotros.
Sin duda que gracias a todos nuestros vecinos hemos podido crecer a lo largo de estos 25 años. Con un corazón lleno de agradecimiento, alabamos al Señor porque nos ha acompañado en este largo viaje, porque nos ha permitido conocer y compartir el don de la amistad con quienes nos rodean.