Abril 13, 2026 Patagonia

Semana Santa en San José

¡JESUCRISTO HA RESUCITADO, ALELUYA, ALELUYA!

Junto a la comunidad estable, este año se unió a la celebración de la Semana Santa un grupo de doce escolares de IV° medio de los Colegios San Benito y San Anselmo, acompañados de dos tutores, y un grupo de ocho scouts mujeres, acompañadas por Macarena García (B93) y Jesús Airola (A12), promesada. Desde Lurín llegó también el Padre Richard Yeo, quien presidió las celebraciones del Triduo.

Juan Pablo Morán: “Creo que fue un regalo tener a los escolares para el Domingo de Ramos, así todos pudimos ponernos a tono con la celebración que venía y tener un par de días para que pudieran ‘aclimatarse’ y conocer el ritmo de vida de las casas en San José. El Miércoles Santo, en la tarde, tuvimos una Liturgia Penitencial por casas y luego, durante los días siguientes, muchos jóvenes y adultos se acercaron al padre Richard para pedirle un momento y poder confesarse.

Los retiros fueron el jueves en la mañana y el sábado. Fue también un gran regalo estar todos juntos en la Casa San Beda, recibir las visitas de la familia Rudge Rojas y Grohnert Searle, quienes han estado estos días en la Casa San Columba. Además, Elena Rugde sería bautizada en la Vigilia, lo que la transformó en protagonista importante de la celebración.

La Misa de la Cena del Señor la celebramos en San José, seguida de un rato largo de Adoración al Santísimo y canto a lo divino en la capilla de la Casa San Beda. Para la misa nos acompañó la familia de Lisandro Verdugo, lo que ciertamente marcó también la celebración.

El Viernes Santo, en la mañana, realizamos los tradicionales Vía Crucis en Puerto Guadal, las mujeres, y en Mallín Grande, los hombres. En la tarde celebramos la Liturgia de la Pasión del Señor con Adoración de la Cruz y, esa noche, con un cielo estrellado y un silencio recogedor, cantamos todos juntos las Completas en el cerro de la Cruz.

La Vigilia Pascual que celebramos en la capilla de Puerto Guadal convocó también a la comunidad cristiana, quienes participaron activamente, no sólo en la misa sino también en el ágape. La Liturgia del Fuego partió en la plaza de Guadal, y todos juntos entramos en la capilla con nuestras velas encendidas. También nos acompañaron miembros de la familia Cosmelli, quienes siempre nos alegran con su presencia. Este año la renovación de las promesas bautismales fue especialmente importante, ya que cantamos las letanías y pudimos acompañar el bautizo de la Elena Rudge, quien nació como hija de Dios con un fuerte llanto que nos conmovió.

Por último, el domingo, luego de una mañana más tranquila y un brunch, tuvimos la celebración de la Misa de Resurrección en la Casa San Beda, todos juntos. Fue un regalo cerrar el Triduo con esta celebración, más tranquila y recogida. En la tarde, las dos casas pudieron tener un momento de descanso en el lago General Carrera, antes de preparar los ecos finales de la experiencia de escolares.

Fueron muchas las manifestaciones del amor del Señor que se pudieron percibir durante todos esos días. Cada uno atesora en su corazón una lectura, una liturgia, una de las charlas del retiro, un gesto o signo, que son difíciles de resumir. Lo único que podemos decir, hoy agradecidos y alegres, es: ¡Jesucristo ha Resucitado, aleluya, aleluya!”.

 

Una de las scouts, Sibelle Morales (L25), nos cuenta “Vivir la Semana Santa en San José fue realmente un regalo de Dios. Me siento profundamente agradecida de haber podido vivir esta experiencia en un lugar así, porque le dio mucho más sentido y profundidad a todo lo que significa la Semana Santa. La desconexión me ayudó a adentrarme en lo que realmente se recuerda y se trae al presente.

En lo personal, venía sintiéndome un poco perdida, sobre todo por temas de la universidad. No sentía mi fe tan fuerte como antes. Pasar del colegio, donde constantemente me ayudaban a ver y sentir a Dios con la oración en la mañana, las actividades y las personas con las que compartía, a la universidad, donde el tiempo es más limitado y la organización depende completamente de mí, hizo que se me volviera difícil seguir mi camino de fe. Por eso, cuando me invitaron sentí una alegría muy grande. Era la oportunidad de reencontrarme conmigo misma y volver a conectarme con Dios: poder sentirlo, verlo y vivirlo de nuevo, todo esto en el contexto de la Semana Santa.

San José, además, es un lugar que me regaló una paz y tranquilidad inexplicable. La vista y la calma son cosas que realmente no se encuentran fácilmente. Todo eso me ayudó a sumergirme en las actividades, a vivir cada momento y a comprender muchos de los signos que se realizan durante las liturgias. Años anteriores, en Santiago, participé en distintas actividades, pero muchas veces sin entender realmente por qué se hacían. Esta vez fue distinto, logré entender con más profundidad la vida de Jesús, el significado y el trasfondo de la Adoración de la Cruz y de la Vigilia. Sentía que no sólo estaba participando, sino que realmente estaba viviendo todo desde lo más profundo.

De las cosas que más me marcaron fueron las dos charlas sobre la Liturgia de la Luz. Fue muy llenador entender por qué se enciende el cirio pascual y cómo esa luz se va compartiendo entre todos. También me llegó mucho una frase basada en san Benito que decía, en resumen, que sin oscuridad es difícil ver las estrellas, pero cuando hay oscuridad, uno logra verlas mejor. Esa idea me hizo mucho sentido, porque sentí que me invitaba a no quedarme en lo malo ni a sumergirme en la oscuridad, sino a aprender a ver la luz incluso en esos momentos difíciles. A confiar en que Dios guía mi vida, que está a cargo y que Él es luz.

También me hizo mucho sentido mirar la cruz desde otra forma, como algo pesado, sí, pero que también puede transformarse en liberación.

En las instancias de lectio hubo dos versículos que me marcaron profundamente. El primero, Juan 13, 7: “Jesús le respondió: ‘Lo que yo hago tú no lo entiendes ahora; lo comprenderás más tarde’”. Este versículo me invitó a no buscar respuestas para todo de inmediato. Me dio calma entender que no necesito comprenderlo todo ahora, que hay cosas que irán tomando sentido con el tiempo, cuando realmente sea el momento. Eso me permitió vivir la experiencia de una forma más abierta y confiada. Luego, Isaías 54, 10: “Aunque los montes cambien de lugar y las colinas se muevan, mi amor por ti no cambiará ni mi alianza de paz será removida —dice el Señor, que te ama—”. Este mensaje me recordó que el amor de Dios no depende de momentos puntuales. No es sólo cuando rezo o cuando estoy mal, sino que Él siempre me ama. Sentir eso me dio mucha paz, saber que su amor está en todo momento y en todo lugar, que no depende de nada, simplemente está.

Esta experiencia también me llevó a reflexionar sobre la humildad, especialmente en el gesto del lavado de pies, y a cuestionarme cómo vivo eso en mi día a día. Pensar en el amor inmenso que nos tiene al llegar a dar la vida en la Cruz, también me hizo preguntarme cómo estoy viviendo yo ese amor hacia los demás.

Hoy puedo decir que me voy con el corazón lleno y en paz. Fue una experiencia que no sólo me acercó nuevamente a Dios, sino que también me enseñó muchísimo y me ayudó a mirar mi vida con más sentido, más calma y más fe”.

 

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