“En el principio creó Dios los cielos y la tierra. La tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo, y un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas. Dijo Dios: «Haya luz», y hubo luz (Gn 1,1-3).
Existen historias que comienzan sin ruido, sin grandes anuncios y sin certezas claras. Son historias que nacen más bien como una intuición, como una pregunta suave que se instala en nuestro corazón: ¿y si Dios nos está llamando a algo aquí?
Así fue como comenzó San José.
A lo mejor no fue la intuición de uno o de varios y no un proyecto terminado del todo, ni menos una obra planificada en todos sus detalles. Sino que fue como un pequeño acto de confianza. Un grupo de personas, una tierra lejana y desconocida en la Patagonia, y el deseo -a la vez humano y profundo- de buscar juntos a Jesucristo en comunidad.
Los primeros viajes fueron -desde aquel recordado 23 de mayo del 2001- en cierto modo, un salto al vacío. Llegar hasta Mallín Grande no era fácil. El camino era largo, el clima impredecible, y todo parecía exigir más de lo que uno estaba acostumbrado a dar. Pero algo ocurría al llegar. El paisaje imponía silencio. El lago, las montañas, el viento… todo parecía indicar que aquí se manifestaba una Presencia Viva… Resucitada.
Y en medio de esa inmensidad, comenzó a gestarse una vida.
Al principio, todo era sencillo -no fácil, sino sencillo-. Casas pequeñas, trabajos básicos, días marcados por el ritmo de la oración y el esfuerzo cotidiano. Había frío, cansancio, dudas e incertidumbre. Pero también había algo que muchos recuerdan hasta hoy: una alegría profunda, difícil de explicar. Como si, en medio de lo precario, todo tuviera sentido.
“Era como volver a lo esencial”, podría decir alguno de los que estuvieron ahí.
La vida se fue organizando de a poco en torno a lo que hoy sigue siendo el corazón de San José: la oración, el trabajo y la vida compartida. El Oficio rezado en comunidad, la lectio con sus silencios, las tareas del campo, la cocina, las semanerías, la leña… Todo se transformaba -y sigue transformándose- en un espacio de encuentro. Con Dios, con su creación, con los demás y con uno mismo.
No había mucho, pero no faltaba nada.
Con el correr del tiempo, fueron llegando más personas. Algunos por unos días, otros por meses, incluso años. Jóvenes, familias, amigos. Y sin darnos cuenta, esa pequeña semilla comenzó a germinar. No tanto en infraestructura -aunque también la hubo-, sino sobre todo en profundidad.
Porque lo que se estaba cultivando no era tan solo un lugar, era más bien una forma de vivir la amistad.
Una forma de acoger. De escuchar. De caminar con los otros. De descubrir que el Señor se manifiesta en lo simple, en lo cotidiano, en lo escondido.
“Y -como dice la canción- si miramos hacia atrás”, a 25 años de ese comienzo, es fácil reconocer que nada de esto responde únicamente a un esfuerzo humano. Hay algo más. Algo que ha ido sosteniendo, guiando y dando vida, incluso en los momentos difíciles.
Es como si “Alguien” más hubiera estado desde el principio.
Hoy, quienes llegan a San José, quizás sin saberlo, ven casas más firmes, caminos más claros, una comunidad más consolidada. Pero en el fondo, lo esencial sigue siendo lo mismo. Es ese “primer amor” -frágil, confiado, lleno de asombro- que sigue latiendo en cada rincón de este monasterio.
En la naturaleza que nos vuelve al Creador.
En la campana que nos llama a la oración.
En los mates compartidos de cada día.
Y en el silencio que envuelve la oscuridad de la noche.
Tal vez, en el corazón de los que hemos pasado por aquí, vuelve a nacer la misma pregunta que nos hacíamos en los comienzos:
¿A qué nos está llamando Dios aquí hoy?”.