Amou-os até o fim (Jn 13, 1) es el lema escogido por Dom Geraldo González y Lima OSB. El sábado 18 de abril se realizó la bendición abacial del cuarto abad de la Abadia San Geraldo. José Antonio Navarro y Anthony Dore viajaron en representación de nuestra comunidad.
José Antonio: “viajamos con Anthony el jueves 16 hasta el lunes 20 a Sao Paulo, junto con al abad Benito Rodríguez OSB, lo que fue un regalo adicional que nos dio el Señor. Nos alojamos en el mismo monasterio junto a otros huéspedes, amigos de Geraldo. Nos encontramos con una comunidad muy acogedora, alegre, entusiasmada, agradecida por su vocación y muy motivada por el momento puntual que estaban celebrando. Nos incorporamos a la oración y vida comunitaria experimentando la profunda comunión que nos une a las comunidades monásticas.
La Liturgia de Bendición fue muy solemne y acompañada por abades, monjes, monjas, sacerdotes y muchos amigos de la comunidad y de Geraldo, junto a toda su familia, encabezada por su madre. Fue presidida por Dom Gregorio Paixao OSB, arzobispo de Fortaleza.
Personalmente, hacía casi treinta años que no estaba en el Monasterio San Geraldo después de vivir tres años desarrollando la tutoría en el Colegio Santo Américo junto a Rodrigo Vidal y jóvenes chilenos (as) de la época. Recordé muchas experiencias de encuentro con Cristo vividas por personas chilenas y brasileras en ese tiempo. Y recordé la carta que recibimos del cardenal Eduardo Pironio en 1995, en que nos decía: “Les pido que vivan siempre esta triple dimensión del Movimiento: fuertemente laical, profundamente eclesial y gozosamente benedictina”. Sí, fue una experiencia gozosamente benedictina”.
Anthony comparte alguna impresiones de su visita a Brasil: “Al recibir la pregunta esta semana ‘¿qué fue lo mejor de Brasil?’, lo primero que me vino a la mente fue la novedad de toda la experiencia: la cultura y su riqueza; el clima y las sorpresas que traía; la vegetación y la (sólo leve) duda sobre ¿qué tipo de fauna habría entre tantas plantas?; las variadas obras de arte tan características de los tres monasterios que visitamos y también algunos maestros del arte sacro; los niños en el colegio y sus familias en la parroquia; en resumen, el poder ver in situ todo lo que, durante tres décadas de relación, llevaba en mi imaginación. Mi respuesta a la pregunta hecha, sin embargo, fue diferente: ‘el privilegio de conocer, en poco tiempo, bastante a fondo una comunidad monástica en particular’.
Fuimos, con José Antonio, recibidos con interés y caridad, junto con unos pocos huéspedes más, incluyendo el abad Benito Rodríguez, todos cercanos al monasterio y muy amables. Ayudó mucho el alojar en habitaciones contiguas a las celdas de los monjes, comer con ellos, compartir un buen rato en la recreación cada tarde (en un salón con toda la comunidad). También poder vivir la vida litúrgica: el Oficio Divino, la Misa diaria, todo lo cual preparó y culminó en las primeras vísperas del domingo 18 con la bendición abacial. Esta bendición tuvo lugar exactamente dos días después de nuestra llegada al monasterio, pero quizás ilustra lo que quiero decir el hecho de que yo ya sentía que recibía un poco personalmente a los numerosísimos monjes, monjas, sacerdotes y laicos visitantes: en cierto grado, algo como un anfitrión más. Creo que es posible sentirse en casa rápidamente en un monasterio. Como decía en la tarjeta con el nombre de cada uno en la puerta de su pieza: “Que o hóspede seja acolhido como Cristo” (RB 53, 1).
Me gustaría mencionar lo que es ser testigo de los efectos de la presencia de una comunidad orante benedictina en una ciudad. Este monasterio desde su fundación atendía, como parroquia y colegio, a la comunidad húngara de Sao Paulo. Al día siguiente de la bendición, fue fuerte presenciar la misa dominical parroquial, con quinientas personas, quienes contestaban con fuerza en la Eucaristía. Pienso que, sin esa comunidad orante benedictina, como grupo esa congregación estaría diluida y, muy posiblemente, también debilitada en su fe. Como también caracteriza a Brasil, hoy son personas de origen muy diverso y las familias húngaras escasean, pero está su legado tanto entre monjes como laicos: en el monasterio ahora hay sólo brasileros, y en la congregación, seguramente, descendientes.
Esta comunidad orante llegó hace muchos años (entre los 90 años de presencia de monjes y los 75 años de existencia del colegio), por los efectos devastadores en Hungría de la Primera Guerra Mundial. En su mayoría se quedaron y fundaron el colegio, a raíz de las dificultades para volver a su patria cuando Hungría, luego de la Segunda Guerra Mundial, quedó dentro del bloque Soviético. Impresiona la obra de la Divina Providencia, tomando como instrumento la vocación benedictina y monjes particulares seguramente no muy diferentes del resto de los mortales, quienes vivían juntos, asidos de la baranda que es la Regla de San Benito”.