“Es como árbol plantado a las orillas del agua, que a la orilla de la corriente echa sus raíces. No temerá cuando viene el calor, y estará su follaje frondoso; en año de sequía no se inquieta ni se retrae de dar fruto” (Jr 17, 8).
“Volví a Santiago hace más de diez años, pero todavía hay mañanas en que despierto acordándome del lago, del silencio, de las lunas llenas y de la campana que llama al Oficio”.
La frase podría pertenecer a cualquiera de los innumerables hombres y mujeres, jóvenes -y ya no tanto- que han pasado por San José durante este cuarto de siglo. Hay algo que se repite una y otra vez en los testimonios de quienes han pasado por este lugar: ya no están, pero una parte de ellos nunca se fue.
Ellos han llegado hasta este desconocido monasterio ubicado en la ribera sur del Lago General Carrera, que han venido principalmente desde Santiago, aunque también, desde otras regiones de Chile e incluso desde otros países. Algunos llegaron buscando descanso. Otros, una experiencia de servicio. Unas, escapando del ruido o de la rutina. Muchos venían con preguntas. Algunos, simplemente porque alguien les dijo: “Tienes que conocer San José”.
Y, sin embargo, en todos los casos ocurre este hecho curioso. La mayoría se va. Pero casi nadie se ha ido del todo.
Algunas exformandas recuerdan con exactitud el primer amanecer que vieron desde la ventana de la Casa Santa Hilda. Hay quienes vuelven a escuchar, años después, el murmullo del viento golpeando los álamos, también el silencio profundo de una noche patagona, o el ruido de la caída de agua que siempre está sonando -pero como la voz de Dios- solo haciéndonos conscientes de ella, podemos escucharla. O simplemente cierran los ojos y vuelven a sentir la paz que encontraron en esta tierra.
Varios todavía guardan su cuaderno de lectio de los cuatro meses o de los diez días, o una foto ya desteñida por el paso del tiempo, o una cruz de madera hecha con sus propias manos. Pero lo que permanece no son los objetos. Es algo mucho más profundo.
Permanece una experiencia. Un paso de Dios por nuestras vidas que en ocasiones ni siquiera podemos expresarlo con palabras.
La mayoría de los exformandos nos cuentan que, al volver a sus estudios, trabajos o familias, descubrieron que San José no había quedado atrás. Algo de la vida vivida aquí sigue acompañándolos. La oración aprendida en el silencio vuelve a aparecer en medio de días difíciles, y el recuerdo de la comunidad los ayuda a enfrentar la soledad. La Palabra de Dios, escuchada tantas veces a los pies del Cerro de la cruz, vuelve a iluminar decisiones importantes.
Quizás por eso no es tan raro escuchar la misma frase entre quienes han pasado por aquí: “San José siempre me llama de vuelta”. Y no necesariamente porque regresen físicamente.
Algunos no han vuelto en años. Tienen hijos, trabajos exigentes o viven lejos. Pero siguen sintiéndose parte de esta historia. Siguen rezando por la comunidad. Siguen alegrándose con cada nuevo Boletín que les llega. Siguen contando a otros lo que vivieron aquí.
Porque, al final, San José nunca ha sido solamente un lugar. No es solo un monasterio, ni un conjunto de casas, ni un paisaje extraordinario. Lo que hace que alguien permanezca unido a San José es la experiencia de haber sido acogido.
No por un programa ni por una actividad. Acogidos por personas concretas. Por una comunidad que los recibió, les ofreció un mate, les hizo una espiritualidad, los invitó a trabajar y a rezar en el espíritu de la tutoría que por tantos años ha marcado esta historia de encuentro y amistad. Fueron acogidos por alguien que, en una relación de amorosa acogida, les enseñó a usar su Biblia, a encontrarse en ella con Jesucristo, y a aceptarlo con radical convicción como su Salvador personal y como Señor y Rey de sus vidas (MRO 1,11-13).
Esa acogida es la que ha ido tejiendo una red invisible que une varias generaciones. Jóvenes que hoy llegan a la experiencia de cuatro meses y escuchan historias de quienes estuvieron aquí hace veinte años o más. Exformadores que se encuentran con antiguos formandos y descubren que comparten los mismos recuerdos, las mismas lecturas bíblicas, las mismas caminatas y conversaciones junto a la cocina a leña, que aunque fueron en distintas épocas, parecieran ser iguales, incluso pareciera que lo que vivieron, lo vivieron juntos.
Es una historia común que sigue creciendo.
Durante estos veinticinco años han cambiado las personas, las construcciones y las circunstancias. Han aparecido nuevas casas y nuevos proyectos. Han crecido los árboles y otros se han caído. El mundo ha cambiado, también Mallín Grande y Puerto Guadal. Pero hay algo que permanece intacto: la certeza de que quien pasa por San José encuentra aquí la puerta -la tranquera- abierta.
Y éste quizás sea uno de los regalos más grandes que Dios le ha hecho a este lugar. Uno no necesita quedarse físicamente para estar aquí. Puede marcharse a miles de kilómetros de distancia y, sin embargo, seguir sintiéndose parte de la comunidad.
San José ha visto pasar a muchos. Pero, de alguna manera, nunca los ha dejado ir. Siguen presentes en las peticiones de vísperas, en las fotos en la pared de nuestras casas, en el recuerdo de sus testimonios, en las mentes y en los corazones. En los nombres que vuelven a aparecer en las conversaciones. En las visitas inesperadas que llegan después de años. En los hijos que hoy comienzan a recorrer los mismos senderos que recorrieron sus padres en esta tierra que el Creador nos ha dado y, que -aunque muchas veces pensemos que la sostienen cosas materiales-, está sostenida principalmente por la amistad. Por una amistad que en Cristo nace, crece y se hace plena, por una nueva forma de amistad con otros: la amistad espiritual (MRO 25, 8).
Por eso, al celebrar estos veinticinco años, no recordamos solamente un lugar. Celebramos una comunidad. Una comunidad que sigue creciendo. Y en la que, una vez que uno entra, nunca se va del todo. Solo desde este horizonte de amor eterno, podemos vivir con radicalidad nuestra vocación y misión, de manera que, podamos llegar todos juntos a la Vida eterna (RB 72, 12).